Nutrición emocional · Reflexión práctica
Cuando pensamos en adelgazar o mejorar nuestra relación con la comida, solemos mirar primero el plato.
¿Qué estoy comiendo? ¿Cuánto estoy comiendo? ¿Esto engorda? ¿Debería eliminar los carbohidratos? ¿He comido demasiado?
Pero pocas veces nos hacemos otra pregunta:
¿Qué está pasando por mi cabeza mientras como?
Porque nuestra relación con la alimentación no empieza únicamente en el plato. También está influida por nuestros pensamientos, emociones, experiencias y por todo aquello que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida.
Quizá llevas años intentando cambiar lo que comes cuando, en realidad, hay otra parte de la historia que todavía no has mirado.
Tus pensamientos también se sientan a la mesa
Imagina esta situación.
Has tenido un día complicado. Algo no ha salido como esperabas y aparece un pensamiento:
“Nunca hago nada bien.”
Ese pensamiento puede generar frustración, tristeza o ansiedad. Esa emoción puede llevarte a buscar alivio y, en determinadas personas, la comida puede convertirse en una manera rápida de conseguirlo.
Después comes.
Y aparece otro pensamiento:
“Otra vez lo he hecho. No tengo fuerza de voluntad.”
Entonces llega la culpa.
Y sin darte cuenta puedes entrar en un círculo que se repite:

Por eso, trabajar únicamente sobre la comida puede quedarse corto cuando detrás de determinadas conductas alimentarias existen emociones, pensamientos automáticos o patrones aprendidos.
No significa que todo problema relacionado con el peso tenga una causa emocional. El peso corporal depende de numerosos factores. Pero comprender nuestra relación entre pensamientos, emociones y conducta puede ser una pieza importante del proceso.
¿De dónde vienen esos pensamientos?
No nacemos pensando “mi cuerpo no es suficientemente bueno”, “tengo que terminar todo lo que hay en el plato” o “si hoy me he saltado la dieta, ya da igual todo”.
A lo largo de nuestra vida vamos construyendo nuestra manera de interpretar el mundo.
La familia, la cultura, las experiencias personales, los mensajes que recibimos sobre nuestro cuerpo, nuestras relaciones e incluso experiencias aparentemente insignificantes pueden contribuir a formar determinadas creencias y patrones de conducta.
Con el tiempo, algunos se vuelven tan automáticos que dejamos de cuestionarlos.
No vemos simplemente lo que sucede: también lo interpretamos.
Y esa interpretación puede influir en cómo nos sentimos y en lo que hacemos después.
Cuando tu mente vive en el pasado o en el futuro
¿Cuántas veces has sufrido por algo que finalmente nunca ocurrió?
¿Cuántas conversaciones has mantenido dentro de tu cabeza que jamás llegaron a suceder?
¿Y cuántas veces has regresado mentalmente a una situación del pasado pensando qué deberías haber dicho o hecho de otra manera?
Nuestra mente tiene una enorme capacidad para anticipar, recordar y resolver problemas.
Es una capacidad necesaria. El problema aparece cuando determinados pensamientos se convierten en un bucle que alimenta constantemente la preocupación, la culpa o el miedo.
Gestionar nuestros pensamientos no significa dejar la mente en blanco ni obligarnos a pensar siempre en positivo.
Significa aprender a observar lo que estamos pensando antes de reaccionar automáticamente.
Un pensamiento es un acontecimiento mental. No tenemos que convertir automáticamente cada pensamiento en una verdad ni actuar en función de él.
Ese pequeño espacio puede cambiar muchas cosas.
Del piloto automático a la elección consciente
Imagina que aparece:
“Necesito comer algo porque estoy muy nerviosa.”
Habitualmente podrías reaccionar inmediatamente.
Pero esta vez haces una pequeña pausa.
¿Tengo hambre física?
¿Qué emoción estoy sintiendo?
¿Qué pensamiento apareció justo antes?
¿Qué necesito realmente en este momento?
Quizá decides comer. Quizá descubres que necesitas descansar. Quizá necesitas hablar con alguien. O quizá simplemente necesitas permitirte sentir esa emoción durante unos minutos sin intentar hacerla desaparecer.
El objetivo no es prohibirte comer. Es recuperar algo mucho más importante: la posibilidad de elegir en lugar de reaccionar automáticamente.
Un pequeño ejercicio para empezar hoy
Durante los próximos días prueba algo muy sencillo.
Cuando notes una emoción intensa o aparezca el impulso de comer sin saber exactamente
por qué, detente durante un momento y escribe estas cuatro cosas:
¿Qué ha ocurrido?
Describe la situación sin juzgarla.
¿Qué estoy pensando?
Escribe literalmente la frase que aparece en tu cabeza.
¿Qué estoy sintiendo?
¿Ansiedad? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Aburrimiento? ¿Soledad?
¿Qué necesito realmente ahora?
No busques la respuesta “correcta”. Simplemente observa.
No necesitas cambiar nada durante los primeros días.
Primero observa. Después comprende. Y desde esa comprensión podrás empezar a
elegir de otra manera.
Tal vez la balanza no sea el primer lugar donde mirar
Durante mucho tiempo nos han enseñado a relacionarnos con la alimentación desde el control: pesar, contar, restringir, prohibir.
Pero detrás de una conducta puede haber una historia que merece ser escuchada.
Quizá antes de preguntarte únicamente “¿qué debería dejar de comer?”, puedas comenzar con otra pregunta:
“¿Qué está intentando decirme lo que siento?”
Porque transformar nuestra relación con la comida puede implicar algo más profundo que modificar un menú: aprender a conocernos, reconocer nuestros patrones y desarrollar nuevas maneras de responder a aquello que sentimos.
¿Quieres empezar a trabajar desde la raíz?
Si te has reconocido en estas líneas y sientes que necesitas comprender mejor la relación
entre tus pensamientos, tus emociones y tu manera de comer, en The Balans Club
trabajamos precisamente desde ese lugar.
No desde la culpa ni desde la prohibición, sino desde el autoconocimiento y el
acompañamiento.
Descubre The Balans Club y empieza a construir una relación diferente contigo y con la comida.